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Donatus. Rezo. Y lo que veo y oigo.

"Donatus". En un sueño especialmente nítido escuché que así se referían a mí mientras hablaban de un proceso de neoconversión en marcha. La dulzura con la que pronunciaban ese nombre me llevó a adoptarlo como pseudónimo, con profundo amor y respeto hacia quienes, desde lo Alto, se dirigían a quien escribe.

Mantenerme en el anonimato tiene un sentido claro: yo no soy importante. Soy, simplemente, un mensajero. Alguien que comparte estos mensajes para que quien lo desee pueda leerlos, conocerlos y discernirlos. Y, con la ayuda del Espíritu Santo, fortalecer su fe.

Soy católico, casado con una mujer maravillosa (un regalo de Dios en si misma) y padre de tres hijos que son mi inspiración diaria, mis tres tesoros. He superado ya los 45 años y he vivido una vida intensa, como bien refleja mi carácter —según dicen quienes me conocen—. Durante la mayor parte de mi vida he sido muy consciente de la cercanía de Jesús, salvo una etapa en la que me alejé lo suficiente como para dejar de reconocer su presencia. Esa travesía del desierto duró casi diez años, y sin ella tampoco estaría hoy aquí, porque Dios lo ha querido así. En ella comprendí el dolor de vivir lejos de Él y el engaño de creer que uno puede sostenerse por sí mismo, cuando en realidad, sin Él, nada es posible.

Las pérdidas sufridas —especialmente la de mi hermana hace dos años— me han llevado a regresar a Él con una fuerza renovada. He comprendido con mayor profundidad que es a través de Cristo como se llega al Cielo, tal como nos lo enseñó hace más de dos mil años. A Él le debo también este don que creo haber recibido: la capacidad de acoger ciertos mensajes que vienen de arriba y que ahora comparto aquí. Para mí, la existencia no solo de Jesús, sino de toda la realidad celestial, está fuera de toda duda.

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